¿Cómo actúa un club de rugby ante una propuesta de crecimiento? Pensar el futuro o administrar el presente.-
Por: Eduardo Costas
Existe una pregunta que toda institución deportiva debería hacerse cada vez que recibe una propuesta destinada al crecimiento y desarrollo del club: ¿estamos pensando en el futuro o simplemente administrando el presente?

La respuesta parece sencilla, pero en realidad es uno de los mayores desafíos que enfrentan los clubes de rugby en Argentina. Porque cuando un socio, un dirigente, un ex dirigente, un entrenador o incluso un padre acerca una idea para mejorar la infraestructura, profesionalizar áreas de trabajo, incrementar la masa societaria, fortalecer las divisiones juveniles o desarrollar nuevos proyectos deportivos, el club tiene una oportunidad única de demostrar cuál es su verdadera visión institucional.
Los clubes de rugby nacieron como espacios de encuentro, de formación humana y de construcción colectiva. Fueron creados por hombres y mujeres que entendieron que las instituciones debían trascender a las personas. Ningún dirigente es eterno. Ningún entrenador permanece para siempre. Ningún jugador juega toda la vida. Sin embargo, los clubes permanecen cuando son capaces de construir una identidad sólida y una estructura preparada para afrontar el paso del tiempo.
Por eso, cuando aparece una propuesta de crecimiento, la primera obligación de una dirigencia responsable no debería ser analizar quién la presenta, sino qué beneficios puede generar para la institución.

Lamentablemente, en muchos clubes ocurre exactamente lo contrario.
Las propuestas suelen analizarse desde la simpatía o antipatía hacia quien las impulsa. Se evalúan más los nombres que las ideas. Se confunden diferencias personales con diferencias institucionales. Se rechazan proyectos simplemente porque provienen de personas que no forman parte del círculo de conducción o porque representan una mirada distinta de la realidad.

Cuando eso sucede, el club deja de crecer.
Una institución madura entiende que las mejores ideas pueden provenir de cualquier sector. El crecimiento no tiene dueño. El desarrollo no pertenece a una comisión directiva ni a una agrupación determinada. El progreso institucional debe transformarse en una política permanente que atraviese las distintas gestiones.
En el rugby, esta realidad adquiere una importancia aún mayor.
El rugby argentino se caracteriza por ser una actividad profundamente formativa. No solamente busca construir jugadores competitivos, sino también personas con valores, disciplina, respeto, compromiso y sentido de pertenencia.
Sin embargo, esos mismos valores que se enseñan dentro de la cancha deben reflejarse fuera de ella.
Si se les enseña a los jóvenes a escuchar al compañero, la institución debe escuchar a sus socios.
Si se les enseña a respetar opiniones diferentes, la dirigencia debe respetar las propuestas alternativas.
Si se les enseña a trabajar en equipo, el club debe construir consensos.
Resulta contradictorio exigir apertura mental a los jugadores mientras la institución permanece cerrada a nuevas ideas.
Un verdadero proyecto de crecimiento debe mirar mucho más allá del próximo campeonato.
Los resultados deportivos son importantes, pero no pueden constituir el único objetivo institucional.
Los clubes exitosos del rugby argentino no son aquellos que ganan un torneo determinado. Son aquellos que logran sostener generaciones enteras de jugadores, entrenadores y dirigentes durante décadas.
Son los clubes que construyen infraestructura pensando en quienes todavía no nacieron.
Son los clubes que invierten en capacitación.
Son los clubes que desarrollan programas para entrenadores.
Son los clubes que fortalecen sus divisiones infantiles.
Son los clubes que entienden que cada niño que llega hoy puede convertirse mañana en jugador, entrenador, dirigente o colaborador.
Cuando una institución deja de pensar en las próximas generaciones, comienza lentamente su proceso de estancamiento
