EDUARDO COSTAS:EL CAMINO DEL RUGBIER

Hay una imagen que, con apenas unos dibujos y un puñado de palabras, resume lo que miles de entrenamientos, decenas de temporadas y centenares de partidos intentan enseñar. No habla de tries espectaculares, de campeonatos ganados ni de medallas. Habla del viaje. Del verdadero viaje que emprende un jugador de rugby desde el primer día que toma una pelota ovalada hasta el momento en que comprende que este deporte nunca fue solamente un juego.

Porque el rugby no forma únicamente atletas. Forma personas.

Cada entrenamiento representa una decisión. La decisión de levantarse cuando todavía es de noche, de ponerse los botines aunque el cuerpo reclame descanso, de soportar el frío del invierno o el calor agobiante del verano sabiendo que nadie garantiza el éxito. En rugby nadie regala absolutamente nada. Todo se conquista.

El camino fácil siempre estará ahí. Es el de la excusa, el de faltar a un entrenamiento porque “no pasa nada”, el de bajar los brazos después de una derrota, el de culpar al árbitro, al entrenador, al compañero o a la suerte. Es un sendero ancho, cómodo y tentador.

Pero el rugby jamás fue construido para quienes buscan comodidad.

El verdadero rugbista elige el camino del crecimiento. Ese que duele. Ese donde el gimnasio deja las piernas sin respuesta. Donde el scrum parece eterno. Donde cada sesión de tackle termina con el cuerpo golpeado y los músculos al límite. Ese camino donde el esfuerzo silencioso vale mucho más que cualquier aplauso.

Dormir temprano, alimentarse correctamente y respetar los tiempos de recuperación parecen detalles menores. Sin embargo, allí comienza la diferencia entre quien solamente juega al rugby y quien decide vivir el rugby. La disciplina nunca aparece únicamente durante los ochenta minutos del partido; nace mucho antes, cuando nadie observa, cuando la única competencia es contra uno mismo.

También aparecen las dudas.

Todos las tienen.

Las siente el juvenil que afronta su primer clásico. Las siente el jugador de Primera antes de una final. Las siente el veterano cuando una lesión amenaza con poner fin a su carrera. El miedo no distingue camisetas ni categorías.

El valor no consiste en no sentir miedo.

El verdadero valor consiste en avanzar a pesar de él.

Y entonces llegan los sacrificios.

Cumpleaños que no se festejan. Reuniones familiares que se pierden. Amigos que salen mientras uno elige descansar porque al día siguiente hay entrenamiento. Horas interminables de viajes para representar a un club. Fines de semana completos dedicados a defender unos colores que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en una segunda piel.

Eso tampoco figura en las estadísticas.

Pero es precisamente ahí donde se construye el espíritu amateur que hace del rugby un deporte diferente.

Después aparecen los golpes.

Los tackles duros.

Los rucks interminables.

Los scrums que parecen verdaderas batallas.

El cansancio que nubla la mente.

Las piernas que ya no responden.

Y, aun así, aparece un compañero diciendo: “Una más.”

En ese instante se entiende que el rugby jamás se juega solo.

Se juega por el hombre que está al lado.

Las lesiones también forman parte del viaje. Ningún jugador desea atravesarlas, pero muchas veces son ellas las que enseñan las lecciones más profundas. La rehabilitación no fortalece solamente un músculo lesionado; fortalece la paciencia, la humildad y la capacidad de empezar nuevamente desde cero.

Porque volver nunca es sencillo.

Volver exige coraje.

Y el rugby recompensa a quienes jamás dejan de intentarlo.

Habrá errores.

Muchísimos.

Un tackle fallado.

Un pase equivocado.

Un knock-on en el momento menos indicado.

Un penal innecesario.

Una mala lectura defensiva.

Pero el rugby tiene una enorme virtud: siempre ofrece la siguiente jugada. Siempre brinda otra oportunidad para levantarse. Nadie construye una gran carrera sin equivocarse cientos de veces.

El jugador inteligente no es quien nunca falla.

Es quien aprende más rápido de cada error.

Los días malos también llegarán.

Habrá derrotas dolorosas.

Habrá críticas.

Habrá tardes donde nada salga como fue planificado.

Pero precisamente esos días son los que separan a quienes juegan al rugby de quienes verdaderamente aman este deporte.

Porque el carácter no se construye levantando copas.

Se construye levantándose después de caer.

Y finalmente aparecen las metas.

No siempre serán campeonatos.

A veces la mayor victoria será recuperar una lesión.

O ganarse el respeto del vestuario.

O ayudar a un juvenil a dar sus primeros pasos.

O vestir por primera vez la camiseta del club en Primera División.

O simplemente terminar un partido sabiendo que se dejó absolutamente todo dentro de la cancha.

Eso también es ganar.

Porque el rugby jamás mide el éxito únicamente por el resultado.

Lo mide por la entrega.

Por el compromiso.

Por la lealtad.

Por el respeto.

Por el compañerismo.

Y por la capacidad de seguir adelante cuando el cuerpo dice basta pero el corazón responde una vez más.

Al final del recorrido, el jugador descubre que el verdadero trofeo nunca fue la copa que levantó ni la medalla que colgó sobre su pecho.

El verdadero premio es convertirse en alguien mejor de lo que era cuando comenzó.

Ese es el legado del rugby.

Una escuela donde se aprende a respetar, a sacrificarse, a compartir, a levantarse y a luchar por el compañero antes que por uno mismo.

Porque los partidos terminan.

Las temporadas pasan.

Las tribunas se vacían.

Pero los valores aprendidos dentro de una cancha de rugby permanecen para toda la vida.

Porque el rugby no promete un camino fácil. Promete un camino que vale la pena recorrer.

La verdadera victoria comienza cuando elegimos crecer!!!.-

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