El temor de los jugadores de rugby en un partido: una emoción natural y motor de excelencia
Por: Eduardo Costas
El rugby, deporte emblemático por su contacto físico, entrega total y espíritu combativo, no solo desafía la resistencia y destreza física de sus protagonistas, sino también su fortaleza psicológica. En cada encuentro, el temor es una emoción latente, esencial y constante que acompaña a los jugadores desde el calentamiento hasta el último minuto del partido. Lejos de ser una señal de debilidad o vulnerabilidad, el miedo en el rugby se manifiesta como una herramienta psicológica vital que impulsa la concentración, fortalece las habilidades técnicas y asegura un compromiso pleno en el campo.

Miedo al contacto y lesiones: una realidad inevitable
No cabe duda de que el mayor temor entre los rugbistas está vinculado con el dolor físico provocado por los golpes y, en particular, por el tackle o placaje. Este momento, donde el impacto directo entre cuerpos es inevitable, puede desencadenar tensiones profundas y ansiedad antes y durante el juego. Agustín Creevy, reconocido jugador argentino, confesó en múltiples ocasiones haber sentido miedo previo a un partido, dejando en evidencia que incluso aquellos que militan en la elite del rugby experimentan esta emoción con naturalidad. Este temor no surge al vacío, sino que encuentra su base en la posibilidad real de sufrir lesiones físicas, que van desde contusiones y fracturas hasta preocupaciones más graves relacionadas con traumatismos cerebrales.
Las secuelas a largo plazo y la sombra de las lesiones neurológicas
Uno de los aspectos que más profundiza el miedo en los jugadores es la amenaza de las lesiones graves y sus secuelas a largo plazo, especialmente las de naturaleza neurológica. El caso del francés Sébastien Chabal es paradigmático; tras su carrera, reveló episodios de pérdida de memoria, un triste recordatorio de las consecuencias potencialmente devastadoras que puede dejar la práctica intensa del rugby. Este tipo de relatos no solo genera preocupación individual, sino que impacta en la cultura del deporte, obligando a replantear protocolos de seguridad, prevención, y a fomentar una conciencia colectiva sobre la importancia del cuidado corporal integral.

Gestión del miedo: entrenamiento, visualización y confianza técnica
Experimentar miedo no significa sucumbir ante él. Por el contrario, los jugadores desarrollan herramientas y estrategias para convivir y superar esta emoción. La repetición sistemática de ejercicios en entrenamientos favorece la familiarización con situaciones de contacto, disminuyendo la sensación de amenaza. La visualización es otra técnica clave: imaginar el éxito en la ejecución del tackle o la defensa genera una respuesta positiva en el cerebro, reforzando la confianza y reduciendo la ansiedad. Finalmente, perfeccionar la técnica, sentir seguridad en la ejecución de movimientos y entender los fundamentos tácticos contribuye a que el miedo no paralice, sino que active respuestas efectivas en el terreno de juego.
El miedo como activador psicológico: concentración y autodisciplina
Es fundamental comprender que el miedo es, en esencia, parte intrínseca del rugby. Constituye un elemento que mantiene al jugador alerta, “en su lugar”, promoviendo un estado de máxima concentración y autodisciplina. La tensión que genera el temor impulsa al deportista a estar atento a cada movimiento propio y del adversario, fomentando decisiones rápidas y precisas. Así, el miedo se transforma en un combustible para la excelencia y la perseverancia, en una fuerza interna que afina los sentidos y endurece la mente.
La neurociencia detrás del miedo: evolución y supervivencia
Desde una mirada más profunda, el miedo hunde sus raíces en estructuras cerebrales evolucionadas hace millones de años. El cerebro reptiliano, el más antiguo, encargado de la supervivencia y la detección inmediata de amenazas, activa ese “botón rojo” de alerta en situaciones de peligro inminente. Esta área del cerebro existe desde hace más de 500 millones de años y es la primera en reaccionar en momentos de estrés o amenaza.
Por encima de éste, se encuentra el sistema límbico —también llamado “cerebro mamífero”—, que regula las emociones y interpreta las sensaciones derivadas de las experiencias vividas. Su función es traducir las percepciones en sentimientos complejos, como el miedo, que no solo busca preservar la vida sino también adaptar la conducta del individuo a su entorno social y cultural. Esto implica que la emoción del miedo tiene un origen biológico profundo y es anterior no solo al rugby, sino incluso a la propia humanidad.
El desafío de controlar el miedo en un contexto de alta presión
A pesar de la inteligencia racional y el conocimiento intelectual de que un partido, aunque intenso, no representa una amenaza real de muerte, el miedo puede dominar muchas veces la respuesta automática del jugador. Esta realidad plantea la pregunta sobre si se puede entrenar la capacidad.
