Por Guillermo Miodosky
En el rugby de clubes hay una verdad que no siempre se dice en voz alta, pero que todos conocemos:
el club no se prende cuando hay partidos y se apaga cuando termina la temporada.
El club está siempre.

Está cuando llueve y la cancha se rompe.
Está cuando no hay partidos, pero hay que pagar la luz, arreglar el vestuario y cortar el pasto.
Está cuando algunos descansan y otros siguen poniendo el cuerpo para que esto no se caiga.
Ningún club se levantó cobrando entradas ni esperando que sobre plata.
Los clubes se construyeron porque hubo socios que entendieron algo esencial:
no venían a consumir rugby, venían a sostener algo propio.
Pensar “no entreno, no pago” es lógico.
Humano. Comprensible.
Pero si todos pensaran así, este club no existiría.
La cuota no es por entrenar.
Es por la cancha donde jugás.
Por el vestuario donde te cambiás.
Por el escudo que defendés.
Y por el lugar al que siempre volvés.
Acá no hay clientes.
Hay gente que pertenece.
Los clubes de verdad se sostienen todo el año, como los equipos de verdad.
No se mantienen con palabras, ni con aplausos los días de partido.
Se mantienen cuando no hay partidos.
El club existe porque hubo gente que sostuvo cuando no jugaba.
Que pagó, trabajó y creyó incluso cuando no había temporada.
Cuando no había fixture, ni camisetas limpias, ni tribunas llenas.
La cuota no es solo por entrenar.
Es por historia.
Es por identidad.
Es por futuro.
Porque el club no es algo que usamos un rato.
El club es nuestro.
Todo el año.
